3 oct. 2014

Intrusismo, editorial de Fiestacultura

Afirmar que la actividad escénica de las décadas de los 60 y los 70 era, sobre todo, amateur no es ninguna falsedad. La desaparición de la gran cantidad de los profesionales del arte escénico existentes durante la República se dio durante el periodo franquista. La gente de la cultura había sido mayoritariamente republicana por lo que fue represaliada después de la Guerra Civil. La mayor parte de los teatros fueron dedicados a otras actividades o simplemente fueron destruidos. Los profesionales desaparecieron mayoritariamente y fue la voluntad de los ciudadanos amantes del teatro la que mantuvo el arte escénico por toda la geografía hispana. Sólo en Madrid o Barcelona se podía vivir del teatro. El Teatro Independiente de los años sesenta se reivindicó por todo el estado, actuando en plazas, centros parroquiales, casinos o almacenes. Sus integrantes empezaron a obtener ingresos económicos que, aunque eran exiguos, les permitían vivir de su oficio. La regularización de los nuevos profesionales llegó con la década de los 80. Por lo tanto, el teatro español actual le debe mucho al teatro amateur. Pasados treinta años, da la impresión de que el recorrido es exactamente el opuesto. La crisis imposibilita la contratación de compañías profesionales, por lo que cada vez más, son suplidas por compañías amateurs que pasan la gorra o compañías que van a taquilla, sabedoras de que los ingresos serán insuficientes para ganarse un jornal digno. Desde diferentes foros se ha lanzado la voz de alarma: el mundo de las artes escénicas está viéndose infiltrado por colectivos amateurs, independientemente de su calidad artística. Cumplir con la legislación fiscal y/o laboral no es sinónimo de calidad, pero incumplir la normativa es sinónimo de intrusismo, lo que está penado por la ley. El mundo amateur tiene todo el derecho a existir como mundo amateur y el mundo profesional debe competir en igualdad de condiciones. En varios países de Europa, a las compañías amateurs no se les permite cobrar entradas y la contratación por parte de las instituciones se limita a pagar los gastos generados por una actuación, sin incluir jornales ni beneficios. La confusión entre ambos conceptos está llevando a clamorosas reivindicaciones por parte de los profesionales que ven como su espacio habitual de trabajo está siendo sustituido por otros artistas que incumplen la normativa vigente. Pese a ello, no consta que las autoridades laborales se hayan tomado muy en serio la posibilidad de regular esa indefinición. Y como siempre sucede, en río revuelto hay ganancia de pescadores. Que sean los propios ayuntamientos quienes intentan regular la mendicidad artística para así ahorrarse unas perrillas parece denigrante. Los mismos ediles que prohíben la mendicidad en su localidad ahora la autorizan si pasas un examen artístico no regulado. Vaya, que autorizan a quienes pueden pasar la gorra y a los que no, por lo que tenemos mendigos legales e ilegales. No obstante, ambos son mendigos. Viven de la caridad pública, no se les exige cobertura social ni responsabilidades fiscales. Tampoco tienen impuestos que pagar pero a los ayuntamientos les salen gratis y los están utilizando para darle un colorido cultural a sus calles. Independientemente de la calidad y dignidad de los artistas que se ven sometidos a este peculiar sistema de mendicidad, es evidente que el intrusismo está servido. Como en los tiempos de Franco, la cultura está regresando al mundo amateur. Y eso no es bueno.


Artículo originalmente publicado en http://www.fiestacultura.com/fc58.html